jueves, 7 de febrero de 2013

La lluvia de mi ventana.



 ¿Puedes sentirlo?
Esa gran pared  sólida que se alza entre nosotros y se pierde en el infinito, por encima de nuestras cabezas.
Por supuesto que no. Ni te fijas. Haces bien.
Pero, ¿Es que ni te pica un poco la curiosidad?  
Debería hacer lo mismo. Dar media vuelta y dejar ese interrogante a mi espalda. Acostumbrarme a su presencia, como a la fina lluvia que golpea mi ventana.
Permitir que el tiempo pula su superficie translúcida, que apenas me deja vislumbrar tu silueta al otro lado.
No voy a negar que haya estado buscando.
Palpando de vez en cuando, disimuladamente, en busca de una zona más frágil. Alguna grieta, tal vez.
Quizás sólo me veas como a un mimo gesticulando en el aire, como a una auténtica imbécil que se recrea en sus propias locuras. No te culpo.
  

Pero en ocasiones, y sin saber el motivo, parece que los colores se vuelven más vívidos y las líneas más nítidas.
Mordiéndome ligeramente el labio me pego al cristal, esperando descubrir cómo es realmente esa figura que, por algún motivo, se me impide conocer.  
Como no, ahí están esos ojos que apenas me miran un segundo y siguen su recorrido hacia sabe dios qué pensamientos.
Ojalá pudiera saber que sientes en ese momento, cuando el mundo se para y me concede el tiempo justo para ahondar en tus pupilas negras. Cuando una repentina conexión entre ambos me sacude y deja completamente transpuesta.

Sonríes.
Me pregunto si tan solo lo haces por educación.
Sonrío.

Me gustaría preguntar; ¿Puedes sentirlo?
Pero nunca hay tiempo. Se deshace lo andado. Los colores se difuminan cortando la comunicación visual y  lo que por un segundo se me hizo conocido e incluso cálido.

Si tan solo pudiera conocer una cuarta parte de lo que escondes tras el estúpido cristal…